Ciclo de Exposiciones: "Muerte, ¿dónde está tu victoria?
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La Cruz es, desde el Gólgota, símbolo y señal de victoria, de la victoria del Amor sobre el odio, de la esperanza sobre la certeza de que el mal existe y se hace presente en la Historia. La Cruz es la paradoja en la que el patíbulo es transformado en antesala del Don. El multiforme eco de la dolorosa y cruel herencia de Caín se ha traducido, en el devenir histórico de los pueblos, en tristes jalones ante los que es necesario detenerse para aprender las lecciones de la Historia, magistra vital. De suerte que, sin no para repartirlas, esa ilustre maestra sí nos puede servir al menos para mirar al pasado con humilde pasión y rezar.

La exposición LA CRUZ GLORIOSA. ARMENIA, 1915-1918 ofrece un sobrecogedor recorrido a través del genocidio del pueblo armenio. La masacre sistemática de más de dos millones de cristianos a manos del odio de los mandatarios del Imperio Otomano, ha sido elidida ante otros exterminios del tristemente célebre siglo XX. Sin embargo, ¿quién sería tan necio como para comparar cuantitativamente los genocidios que la humanidad ha lamentado? Con todo, en el orden cronológico sí cabe destacar que el genocidio armenio fue el primero de la pasada centuria, «el principio del mal en el siglo XX», como lo calificó el Vaticano el 10 de noviembre de 2000.

Esta exposición recoge, e una perspectiva histórica los prolegómenos del sufrimiento de la nación armenia, un pueblo próspero hasta finales del siglo XIX, en quien se cebó el odio radical turco, nacionalista y panislamista. Desde planteamientos maximalistas y, por eso mismo, reductores, las autoridades otomanas – el sultán Abdul Hamid II lo mismo que el régimen de los Jóvenes Turco – llevaron a cabo una política que pretendía realizar la vieja utopía: convertir la tierra en paraíso a cualquier precio. Entre 1915 y 1922 desarrollaron un programa sistemático de exterminio nacional y cultural –como se explica detalladamente en las páginas que siguen– que, sin embargo, no pudo con la vitalidad de un pueblo nunca resignado ante los avatares del odio, y siempre presto a vivir en la esperanza que redime la noche oscura de la sinrazón. La sangre de aquellos mártires es savia de un nuevo inicio, en la verdad y en la caridad.

Especial atención se presta en esta exposición al eco que halló la tragedia en las artes. No podía ser de otro modo. La quintaesencia de aquel sufrimiento nos llega en todo su patetismo a través de obras materiales que trascienden lo inmediato, otorgándoles el sentido permanente, el significado pleno que aporta la belleza. Decía Víctor Frankl que incluso en Auschwitz era posible encontrar esperanza, toda vez que la persona fuese capaz de hallar un sentido a tanto dolor, a tanta inhumana locura. Los verdaderos artistas saben desbrozar el siempre difícil camino que une la realidad con una transfiguración capaz de otorgar eviterna validez al hecho concreto. El arte traza unas coordenadas en las que el mero conocimiento deja paso a la catarsis, y la compasión se impone a la simple lástima. El arte, si es verdadero, es cauce  para convertir en eterno lo efímero.

Recordar significa volver a traer al corazón. Y sólo se trae al corazón aquello que merece  ser reconsiderado en el silencio, en ese reconciliador proceso por el que hallamos luz en medio de las tinieblas del horror, a través y por medio del amor. Así, recordar nos lleva de la mano al tributo de la gloria merecida por aquellos mártires, y al perdón. LA CRUZ GLORIOSA es el símbolo de todo lo que de positivo hay en este mundo, un sumatorio de todos los amores que tienen su fuente y su fin en el Amor que es Dios.  Por eso en la cruz «la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan» (Salmo 84). Sirva esta exposición como sello y recordatorio de esa verdad permanente.



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Granada, 31 de Mayo de 2010