Gohar Vahanyan, guía armenia que habitualmente nos acompaña en el peregrinar por Armenia, interpreta la canción “Cilicia” que trata del dolor de un pueblo que ha perdido su tierra.
Peregrinación a Siria-Jordania. Viaje a lo más profundo de nuestro propio ser…
Todo preparado, sólo falta que llegue el autobús y nos pondremos por fin en marcha. Maletas cargadas de ganas de desconectar, descansar, ganas de reír, de vivir, y un corazón contrariado por lo que te dejas y por la temible incertidumbre de lo que vas a encontrar. Países lejanos con costumbres extrañas y gente desconocida alrededor. Nada hacía presagiar lo que me iba a encontrar, salvo quizá mis ganas de estar ahí. Aterrizamos en Damasco. Comienza la peregrinación. En medida en que nos adentrábamos en los rincones del país, Seidnaya, Maalula, Aleppo, Palmira… con su esplendor, comenzaba un viaje paralelo hacía el interior de mi propio yo. Un reencuentro con mis inquietudes, mis dudas, mis debilidades, mis aptitudes.
Paso a Jordania camino de descubrir las maravillas que encierra ese país, acompañado del jolgorio y el buen clima que reinaba entre los distintos peregrinos. Oraciones, cantos, risas, bromas, palabras de cariño y aliento, ha sido la melodía que ha acompañado nuestro peregrinar. Durante unos días, he sido miembro de una gran familia muy dispar pero muy armónica. El contacto con cada uno de ellos unido a los regalos inexorables ofrecidos y hallados en cada lugar que visitábamos (el misterio de Betania, la majestuosidad de Petra y el Desierto de Wadi Rum, un atardecer en el desierto…) te hacía sentir un escalofrío al pensar y saber que estás ahí, que lo estás viviendo y es un regalo del cielo para ti.
Sin más, al regresar a tu hogar con todos y cada uno de los recuerdos que traes en el interior de tu corazón, la vitalidad que has adquirido, la sensación de fuerza interior, las ganas de luchar, te hace aún más consciente de que no eres más que un grano de arena en el desierto pero tan necesario como cualquier otro, y que estás en este mundo para vivir y hacer vivir a los demás lo mejor posible.
Hoy día, mi corazón late por cada una de las personas que he conocido, por lo que me ha transmitido y enseñado la gente de aquellos países y por la necesidad de abrirse a cuento le rodea. Y como no, por la necesidad de repetir.
 Pueden ser muchos los lugares que, a fuerza de presentarse como míticos a nuestra imaginación, acaben perdiendo su natural entidad física y empiecen a inspirar nuevos capítulos en el vasto atlas de la propia ficción. Puede suceder también que el pasar, no siempre amable, de la vida nos conceda el don de llegarnos hasta ellos; y que, entonces, aquellos mapas que, quizá sin querer, dibujara nuestra fantasía, sean arrojados, otra vez sin que nos demos cuenta, a los impenetrables archivos del olvido. El ensueño se quiebra a su paso por las aduanas de la realidad y sus imágenes, impregnadas ahora de certidumbre, nunca más serán elucubraciones: formarán parte, ya para siempre, del tesoro maravilloso de los recuerdos. Lo más llamativo del caso, es que apenas hay contraste entre la imagen construida y la percibida de verdad; podrán diferenciarse en su apariencia, en sus detalles, pero nunca en su intensidad, porque la emoción de lo vivido equivale, si no supera, a la ilusión de lo por conocer … Sin duda son palabras recurrentes las que escribo y de seguro podrían encabezar la reseña de otros muchos viajes, aunque quizá de ninguno lo hicieran con tanta justeza, pues pocas veces coincide en tan corta extensión de espacio y tiempo tal riqueza de valores históricos, estéticos y espirituales. Damasco, Ebla, Palmira, Betania, Petra, Gerasa, Wadi Rum, entre otros, son nombres que por sí solos ya justifican bien el esfuerzo de salvar la distancia, pero ni están aislados ni nos permiten quedarnos en la costra superficial. Algo irradia este cercano oriente que desde el principio de los tiempos ha sido punto de encuentro y disputa de tantas y tan dispares civilizaciones; raíz de la cultura y semillero de la guerra, amanecer de la historia, y por ello mismo, compendio de todas las glorias y miserias inherentes al humano devenir. El viaje a estas tierras es un paso hacia el porqué, hacia la comprensión del inicio, hacia la explicación del origen. Un mosaico de pueblos, cada cual con su propia capacidad matriz, ha pasado por ellas dejando su huella, subiendo un grado más a la temperatura de ese magno crisol de aliento, del que en tan gran medida somos hechura nosotros también. Es por eso que la historia se respira despierta a cada paso. Historia pasada en las piedras y futura en las gentes, palpitantes, hirvientes unas y otras bajo un sol de brasas, hostia de oro y nácar sobre el altar colosal de la estepa, que más allá de quemar la piel, abraza el ingenio con sus ajorcas vivas de luz.
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